El hombre de cabello blanco llenaba de
besos y caricias el cuerpo de su compañera, completamente desnudo,
postrado sobre una cama de sábanas blancas de algún hotel de poca
monta. Ella cerraba los ojos, excitada, sin poder evitar que de su
boca saliesen inconfundibles ruidos que le indicaban a su amante en
qué momento se hallaba. Y él, sin cesar en su acto y colocado sobre
ella, le daba lo que quería. Sin amor, o siquiera un atisbo de
cariño, besó los labios de la joven de cabellos negros y ojos
azulados, para después retirarse su propia ropa interior, quedando
ambos desnudos y, finalmente, hacerle el amor de una forma que ella
jamás habría experimentado.
Y, mientras ella se derretía de
placer, enterrando su cabeza en el cuello del atractivo hombre de
cabello blanco, éste seguía con aquel rostro impasible.
-Vlad... Vlad...- Susurraba ella,
empezando a experimentar el momento álgido, el cúlmen de la
relación, más y más fuerte. Él cerró los ojos, intentando
despejar cualquier pensamiento de su mente.
“... Odio ésto”, se dijo a sí
mismo abriendo de nuevo sus orbes, mientras estos pasaban de un tono
verdoso al rojo sangre.
~
La muchacha reposaba, dormida y
agotada, sobre la cama del mugriento hotel. Era una chica joven, de
unos 18 o 20 años, de pelo largo y negro, de cuerpo pequeño y
delicado, de ojos azules y grandes en esos momentos cerrados. Por su
parte el muchacho del cabello blanco, miraba por la ventana, apoyando
sus codos en la repisa. Él era un hombre alto, fuerte, atractivo. Su
pelo de aquel color tan particular, rebelde y alborotado caía a su
libre albedrío por su rostro, haciendo que éste lo retirara con una
mano, echándolo hacia atrás. Únicamente llevaba puestos sus
vaqueros, dejando su pecho al descubierto. Pero a pesar de que
debería estar contento, que debería estar satisfecho con lo que
acababa de hacer, su rostro se mantenía triste. Sus ojos volvían a
ser verdosos, parecía más calmado. Pero debía huir de allí antes
de que le encontraran. No valía ya con moverse a lo largo del
continente Europeo, debía huir más allá. Lo sabía.
Chasqueó la lengua y sacó del
bolsillo de pantalón un paquete de cigarros y un mechero. Sacó un
cigarrillo y se lo puso en la boca, encendiéndolo para dar una gran
calada. Pensaba en dónde debería ir, en qué debería hacer, en
cómo debería actuar.
-Japón.- Murmuró, expulsando el humo
de su boca y nariz. Japón era la mejor opción para él. Allí no le
buscarían, por lo menos de momento. Japón sería su destino, así
lo había decidido.
Miró al cielo estrellado durante unos
segundos, sonriéndose a sí mismo. Tiró el cigarro que acababa de
encender por la ventanilla y miró a la chica, que aún dormía, con
cierta ternura. Se acercó a ella y se sentó en la cama, a su lado,
acariciando su largo cabello. Esbozó una mirada triste.
-Lo siento mucho, Nadja. Estarás unos
días enferma, pero se pasará pronto. Te lo prometo.- Susurró casi
a sí mismo, inclinándose sobre ella y depositando un beso en su
nuca. Seguidamente, se levantó y se puso la camiseta color gris que
había llevado puesta, además de una gran mochila. Fue hacia la
ventana y suspiró, saltando por ella desde el quinto piso del hotel.
“No me vais a encontrar, hijos de
puta”
-Syo~- Canturreaba una voz femenina,
proveniente de una chica de cabello rojo, atado en dos coletas bajas
con dos lazos blancos y el flequillo retirado hacia atrás, de ojos
grisáceos, de estatura media y cuerpo un tanto escultural, pero
extrañamente infantil. Estaba inclinada sobre un chico de pelo
negro, que dormía recostado sobre sus propios brazos en una mesa,
sentado en la silla de la misma. Ambos estaban en una clase enorme
llena de mesas y sillas, una clase de la Universidad Saint Paul, una
institución privada situada en Tokio, Japón.
-Syo-chaaan~- Volvió a decir la
muchacha, colocándose en frente del chico, al otro de la mesa, y
agachándose para ponerse a la altura de su amigo. Empezó a tocar la
cabeza de él con su dedo una y otra vez, mientras repetía lo mismo.
-Syo-chan, Syo-chan, Syo-chan...-
Canturreaba, divirtiéndose con la escena. Finalmente el muchacho se
incorporó de un golpe, con una mirada absolutamente enfadada,
frunciendo el ceño.
-¡¡Que estoy despierto, Mizuki!!-
Gritó, casi matándola con la mirada. Se quedó muy quieto, notando
como las miradas de todos los compañeros que charlaban en rincones
de la clase se giraban hacia él. Y, todo el mundo suspiró y volvió
a lo suyo al ver que había sido él el que había gritado.
“Pero qué problema tiene ésta
gente...”, murmuró Syo Fujioka. Se recolocó con un gesto de pocos
amigos su cabello negro, corto pero ligeramente largo, con un
flequillo ligeramente de lado, pero que le acababa cubriendo casi
toda la frente por mucho que intentara evitarlo. Sus ojos
amarillentos miraban de un lado a otro, para posarse de nuevo en su
amiga pelirroja, que le miraba con una sonrisa triunfal y burlona.
-... ¿Qué?- Dijo Syo, exasperado por
el comportamiento infantil de su amiga de la infancia, Mizuki Saito.
A veces le parecía que había una diferencia abismal entre los dos,
a pesar de que ambos tenían 20 años. Pero, aunque ella pareciera
más pequeña mentalmente, él lo parecía físicamente, así que se
compensaban. Mizuki negó con la cabeza y se sentó en el pupitre de
la izquierda.
-Na~da~. ¿En qué estabas pensando? Se
te veía muy concentrado.- Le contestó burlona, inclinando la silla
hacia atrás y manteniendo el equilibrio con ella.
-Estaba dur-mien-do.- Insistió el
segundo, separando las sílabas exageradamente, mirando al frente.
-Venga, va. Nos conocemos, Syo. ¿Algún
concierto interesante en el bar ese al que vas, no?- Contestó
Mizuki. Y había dado en el clavo, lo sabía y su gesto triunfal lo
delataba. Porque nada más decir eso, notó que por la espalda de su
amigo corría un escalofrío, se sonrojaba y la miraba con emoción,
con ese brillo especial en los ojos. Ella suspiró y se ajustó la
falda corta de cuadros azules y la blusa blanca que llevaba, bastante
provocativa.
-Se llaman Wild Century y son
geniales.- Respondió Syo casi por lo bajo. No se avergonzaba de
estar tan emocionado, pero sí de que ella lo adivinara tan
rápidamente, como siempre lo hacía. El muchacho solía ir muchas
noches a un local llamado The only ones, escondido en Shinjuku, donde
diariamente actuaban grupos de rock que él adoraba. Era un fanático
de la música de ese estilo, adoraba la música y ese era su sitio
preferido.
-Podrías faltar algún día e irte con
nosotros al karaoke o algo~.- Respondió con una dulce sonrisa su
amiga. En realidad, ella estaba preocupada por lo sólo que le
gustaba estar a su mejor amigo. Ella era una persona muy social,
simpática, todo el mundo la quería y solía quedar con la gente de
su clase después de una jornada de clases. Pero Syo era diferente,
él adoraba estar solo con su música y nadie más. Por eso el chico
negó con la cabeza.
-Ya sabes que no me gusta. Y además,
si fueses menos al karaoke y estudiases más, no te habrían quedado
dos asignaturas el semestre pasado.- Contestó el moreno con tono
acusador, inclinando una ceja y señalándola de repente, a lo que
ella respondió sobresaltada. Y de la sorpresa perdió el equilibrio
en su silla, haciendo que su cuerpo cayera sin remedio al suelo. Todo
el mundo se levantó corriendo a ayudarla, pero Syo permanecía ahí
impasible, en frente suyo, con un gesto aburrido. A Mizuki siempre le
pasaba lo mismo, después de todo. Se emocionaba y se caía de la
silla, por jugar.
“Cabeza de chorlito...”, pensó el
chico con cariño, sonriéndose. Realmente la quería con locura,
pero era simplemente demasiado metomentodo. No le haría cambiar de
opinión, porque él sabía que aquella noche sería especial. Quería
ver urgentemente a Wild Century, y los vería en el bar de siempre.
Syo suspiró, mientras observaba
emocionado la puerta de hierro que daba al bar The only ones, que
estaba bajo tierra. Estaba situada en medio de Shinjuku, entre varios
locales de bares y algún restaurante de comida rápida. El ambiente
era oscuro, pero animado y lleno de luces. Aunque era normal, después
de todo estaba en el barrio de las mafias. Vestía unos vaqueros
oscuros, unas converse color negro, una camiseta blanca y una
chaqueta de cuero negra. Era Octubre y empezaba a hacer frío, por lo
que había apostado por vestir más abrigado, aunque dentro con la
emoción sabía que tendría calor. La gente comenzaba a entrar por
la puerta, que se encontraba abierta. A la derecha de ésta había un
cartel que, en letras rosa fucsia, decía “Wild Century”. Hinchó
sus pulmones de aire y lo expulsó, disfrutando de aquel momento que
amaba, al mismo tiempo que alguien lo empujaba desde atrás.
-¡Avanza, enano!- Gritaba un hombre de
mediana edad, calvo y ancho. Él frunció el ceño. Odiaba que le
llamaran enano. Era verdad que sólo medía 1'72, que era de corta
estatura para ser un chico, pero era medianamente masculino. O quizás
no, pero le gustaba pensar que sí. Suspiró y avanzó, entrando al
local.
-¡Pero sin empujar!- Gritó de vuelta
el chico de pelo negro.
~
El local era oscuro, en tonos granates
y de suelo negro. Tenía numerosas mesas y sillas en el fondo de la
sala, justo en frente del modesto escenario. A la izquierda de las
sillas, en el fondo igualmente, estaba la barra del bar. El concierto
ya había empezado, así que Syo tenía claro que hacer, rápidamente
se colocó detrás del todo de la multitud, viendo emocionado como
uno de sus grupos favoritos tocaba una canción cañera.
Él quería ser así. Era guitarrista y
sabía cantar, y quería fervientemente estar en un grupo, ser
famoso, pero tenía un gran problema. Su miedo escénico no le dejaba
moverse en el escenario, se quedaba parado en medio, sin mediar
palabra, sin poder hacer nada. Tenía demasiadas malas experiencias.
Pero en aquel momento nada le
importaba. Sólo él y su música, así que como si de un niño
pequeño se tratara comenzó a saltar y cantar los versos de la
canción al mismo tiempo que los demás fans. Algún día llegaría
no sólo a The Only One, con su grupo, si no al Saitama Arena o al
Tokyo Dome. El Tokyo Dome... era como un sueño para él.
Y, en uno de los saltos notó que
empujaba a alguien, a un cuerpo grande y duro. Se paró y
rápidamente, sin decir nada más, se giró hacia aquella persona,
preocupado.
-¡Lo siento!-Exclamó, inclinándose.
-¿Pero no tienes cuidado o qué?-
Respondió inmediatamente la otra persona con desprecio, con un gesto
de asco. Syo se incorporó frunciendo el ceño, enfadado por el
trato.
-Eh, tío, relájate un...- Pero no
pudo decir nada más. Se quedó mudo. Vio a aquel hombre, un tanto
más alto que él, y se cortó todo el genio que iba a sacar de un
momento a otro. Aquel chico con el que había chocado tenía el
cabello blanquecino, alborotado. Su piel blanca y sus ojos verdes le
hipnotizaron, haciendo que se quedara sin palabras.
Ese chico tenía algo especial. Su
aroma, quizás. Pero le embriagaba, le dejaba sin palabras. Notó que
sus mejillas se encendían al mirarle, y vio que él también se
quedaba sin palabras por un momento, sorprendido. No se podía mover
y no sabía por qué.
-E-Esto...- Susurró el chico de pelo
negro. Pero el segundo esbozó un gesto burlón, ladeando la cabeza.
-¿El golpe te ha dejado tonto, enano?-
Preguntó con picardía. Y Syo parpadeó un par de veces, para
cerciorarse de que había oído correctamente. Frunció el ceño,
malhumorado. Le daba igual lo que le causara aquel engreído en ese
momento.
-¿A quién llamas enano, imbécil?-
Respondió, encarándose. Mientras tanto, el otro se encogió de
hombros.
-Claramente a ti. Eres tú el que me
has empujado y encima has derramado mi bebida.- Y suspiró, mientras
Syo le miraba aún perplejo. Era verdad y no se había dado cuenta
hasta ese momento. Parte de la camisa grisácea que el chico llevaba
estaba mojada. Pero aquello no le amedrentaría, para nada, ya que
aquel tío seguía siendo un irrespetuoso. Se acercó un paso hacia
él, encarándose aún más y cada vez más enfadado.
-Es culpa tuya por meterte en un sitio
dónde la gente salta y tal.- Siguió contestando Syo con tono
irónico, haciendo que el otro chico arqueara una ceja, señalando al
chico moreno.
-¿Disculpa? Eres tú el maleducado.
Cómprame otra cerveza.- Y Syo apretó los dientes y los puños. No
se iba a dejar.
-A ti no te compro nada, tío.- El
albino suspiró, desesperado por el comportamiento del menor.
-La juventud de hoy en día está
podrida. Cómprame una cerveza, chaval.- Y entonces fue él el que se
inclinó sobre Syo, amenazadoramente. Una lucha de miradas que hacía
que saltaran chispas surgió entre los dos, haciendo que algunos de
alrededor se giraran a mirar.
-Joder, está bien. Sólo para no armar
aquí una pelea, que quede claro.- Terminó por decir el moreno,
suspirando, poniendo los ojos en blanco y avanzando con furia hacia
la barra. Por otro lado, el otro chico se sonrió a sí mismo,
siguiéndole.
~
-Aquí tienes tu puñetera cerveza.-
Gruñó Syo, dándole una gran jarra al chico de pelo blanco, que
reposaba sobre la barra con gesto triunfador. Le dio un gran sorbo,
apartándose después el cabello, mientras el menor le miraba aún
enfadado.
-Olvidado entonces, enano. ¿Te han
pedido el carné de identidad o algo?- Preguntó mirando hacia otro
lado, haciendo que Syo arqueara una ceja.
-Pero tú de qué vas tío...- Susurró,
para después apartar la mirada avergonzado.- Sí. Pero soy mayor de
edad.
-¿¡En serio!? Quien lo diría.-
Exclamó sorprendido y a carcajadas.
-Cállate.- Le ordenó el moreno. Pero
aun así, aunque aquel tío le pareciese un imbécil, no podía
evitar seguir sintiéndose embriagado por el aroma y el atractivo de
él. Syo, que nunca se había planeado su sexualidad. Se sentía tan
extraño. Se quedó mirándole hasta que éste cambió su expresión,
hasta que pasó de estar sereno y burlón a nervioso y preocupado.
-¿Qué te ha picado...?-Preguntó Syo,
pero rápidamente el albino le tomó de la muñeca, arrastrándole a
la salida.- ¿¡Eh!? ¡Tío, suéltame! ¿Qué narices te pasa?-
Exclamó, entre asustado y receloso, intentando zafarse de la mano
del otro. Pero no podía, tenía mucha fuerza.
-Estate quieto, enano.- Le ordenó con
seriedad el chico de pelo blanco. Entonces salieron al exterior y se
alejaron unos metros de allí, soltándole.
Nada más soltarle y que Syo comprobara
que su muñeca no estaba rota, comenzó a gritar.
-¿¡Pero de qué vas!? ¿¡A qué ha
venido eso!? Si eres un atracador te juro que te denunciaré y...- No
le dio tiempo a acabar la frase, pues el otro le tapó la boca,
arrinconándole contra la pared.
-Escucha. Había un carterista, ¿vale?-
Contestó fríamente, nervioso y malhumorado. Syo se liberó,
volviendo a gritar. Pero el otro chico no parecía hacerle mucho caso
y, en su lugar, miraba a todos lados en alerta.
-¡Pues denunciamos a la policía!-
Volvió a alzar la voz el moreno, mirando a todos lados alarmado.
-¿Cómo te llamas enano?- Preguntó de
pronto. Syo parpadeó un par de veces, perplejo, manteniéndose
quieto por primera vez en toda la noche. No le entendía
definitivamente, no sabía de qué iba y comenzaba a resultarle
sospechoso. Quería correr, pero una vez más aquel olor embriagador
hizo que se calmara.
-Syo Fujioka.- Respondió
obedientemente. El hombre por fin le miró, clavando aquellos orbes
tan atractivos en los ojos amarillentos de Syo, haciendo que éste se
paralizara.
-Vale. Lo siento mucho, Syo-kun.- Dijo
aún serio, frío, calculador, casi inquietante. Syo arqueó una
ceja, a punto de decir “¿eh?”, sin saber por dónde saldría esa
vez el misterioso albino, pero antes de que pudiese gesticular
palabra, aquel chico le aprisionó aún más contra la pared,
juntando los cuerpos de ambos, mientras elevaba su barbilla con una
mano y finalmente le besaba ardientemente. Pero no era un beso
cualquiera, si no un beso apasionado, una explosión. El moreno se
quedó ahí quieto, con el flequillo largo casi tapándole sus orbes,
que hacían notar su estado de terror y perplejidad. Cerró los ojos
sin poder moverse, debido al aroma del mayor. Pero conforme se
extendía más el beso, notaba que sus fuerzas iban flaqueando, que
su cuerpo fallaba, que perdía toda energía. Como si estuviesen
absorbiendo su alma, como si fuese a morir.
Y no quería morir.
Lo último que pudo ver fue como los
ojos verdes de aquel extraño hombre, posados sobre los suyos, se
volvían de un rojo fuego. Y cómo todo se volvía negro, profundo e
infinito.
Como si estuviese muerto.
Pero quizás no estaba mal morir en ese
momento, después de todo.
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