“Lo siento mucho, Syo-kun”.
Aquellas palabras provenientes de la voz grave y madura de aquel
desconocido brincaba por los pensamientos el moreno. Como si de una
grabadora en repetición se tratara, no paraba de escucharlo, cada
vez más y más lejos. A la vez que agradable, se sentía
terriblemente extraño. No estaba despierto, pero tampoco parecía
estar dormido; en su lugar, sentía como si su cuerpo estuviese
flotando en la nada, totalmente entumecido, acariciado una brisa
fresca y apacible. A pesar de lo que había pasado, todo era
demasiado agradable como para ser cierto.
“¿Estaré muerto, entonces?”,
pensó el joven de 20 años, a la vez que notaba que sus músculos
comenzaban a calentarse, a latir, a volver a lo que eran. Y, poco
después, la luz se hizo en los ojos amarillentos de Syo, mientras
resonaba The beginning de ONE OK ROCK.
~
-¿¡EH!?- Exclamó el muchacho,
sobresaltado, incorporándose rápidamente en la cama dónde estaba,
de sábanas azuladas y llena de cojines de diferentes colores y
peluches. Se encontraba en su cama, definitivamente, estaba en su
casa también. Aquel era su piso de escasos 70 metros cuadrados, con
su decoración muy sobria y occidental, con únicamente un par de
habitaciones, un salón, una cocina y un baño. Y aún resonaba
haciendo un sonoro eco en todo el cuarto aquella canción, cuyo
origen buscó ansiosamente. Venía de su móvil, que estaba en la
mesilla de al lado de la cama. Fue a alcanzarlo con la mano, pero
viéndose rodeado de peluches chasqueó la lengua con fastidio y los
quitó de en medio, descolgando el teléfono.
-¿Sí?- Respondió con voz adormilada,
frotándose los ojos, aún sentado en la cama.
-SYO-CHAN~- Gritó desde el otro lado
de la línea una voz aguda y molesta, haciendo que por un momento el
muchacho se apartara el móvil del oído malhumorado, alarmado por el
gran susto.
-¿¡Qué quieres, Shinobu!?- Respondió
el chico al borde de un ataque de nervios, tocándose el corazón
latente con la mano sobrante.
-¡No me grites, jo~! Yo quería darle
una sorpresa a mi adorable hermano menor. ¿Te ha gustado como he
decorado la cama con peluches? Es que te veía tan adorable y plácido
durmiendo que pensé que te vendrían como anillo al dedo. Era como
ver un peluchín rodeado de...
-¿¡Pero cómo me puede gustar que me
ahogues con tus estúpidos peluches y después me llames a gritos!?-
Le cortó Syo, desesperado por el comportamiento de la chica.
La que estaba en la otra parte de la
línea era su hermana, Shinobu Fujioka. A diferencia del poco popular
y solitario Syo, ella era una explosión de energía y optimismo con
la mentalidad de una niña de tres años. Hacía un par de meses que
había cumplido veintiséis, pero ella seguía diciendo que tenía
eternamente diecisiete. Igualmente, Shinobu atraía a todo el mundo
con su simpatía y su aspecto despampanente, con su cabello negro y
corto, pero femenino, y sus preciosos ojos verdes azulados. Era una
belleza que podría haber sido modelo perfectamente, pero en su lugar
trabajaba como militar y estaba sólo un par de horas al día en la
casa para pasar tiempo con su hermano. Igualmente, aunque Syo la
llegara a odiar, ella lo adoraba.
-Venga, sólo quería darte una
sorpresa~. Ayer debiste venir pronto a casa y te encontré con la
ropa puesta en la cama tirado. Te tuve que cambiar de ropa y
acostarte para que durmieses bien, ¡há!- Siguió hablando la chica
con aquel tono que tanto le exasperaba a su hermano. Un escalofrío
recorrió la espalda de éste, al darse cuenta de que estaba con su
pijama en ese momento.
-No me digas qué....- Comenzó a
decir. Y entonces se dio cuenta de algo. No se había percatado hasta
ese instante, pero con el último que había estado esa noche era con
ese extraño chico. Se había desmayado y no recordaba nada más. Syo
se estremeció, intentando evitar sonrojarse, al recordar aquel beso.
Pero su hermana le devolvió a la realidad, mientras le llamaba
repitiendo un molesto “Syo-chan”. El gesto del chico volvió a
cambiar a uno arisco.
-¿¡QUÉ!?- Gritó. Shinobu bufó con
un tono infantil.
-¡Sólo te decía que son casi las
diez de la mañana y tus clases son a las diez y media, tonto!
Syo se quedó quieto unos instantes,
hasta que elevando la voz alarmado, se levantó de un salto de la
cama.
-¡Mierda, mierda, mierda! Te cuelgo
Shin, cómo no vaya a buscar a Mizuki me matará.- Y sin dar tiempo a
responder a su hermana mayor colgó el teléfono, dejándolo a un
lado y vistiéndose rápidamente. De camino a la Universidad siempre
pasaba por la puerta de su mejor amiga para ir juntos, y siendo lo
inteligente y buena estudiante cómo era Mizuki, si llegaba tarde no
se lo perdonaría en la vida.
Se puso lo primero que vio: Unos
vaqueros rotos, unas botas militares negras, una camiseta gris clara
y por encima una camisa abierta a cuadros roja. Cogió su mochila,
sus pertenencias y salió corriendo de casa. Pero aunque pareciese
que todo lo que había pasado la noche anterior se hubiese esfumado
de su mente, en realidad seguía demasiado preocupado. ¿Quién era
ese tipo? ¿Qué le había hecho? ¿Era él quién le había llevado
a casa? Todo era demasiado confuso. Pero quizás había sido un
sueño, una ilusión. Quizás le habían echado algo en una bebida, o
quizás simplemente había sido todo un espejismo.
Sí, debía haber sido eso. Porque, si
ese hombre en realidad existía, no podría ser ni humano. Ese aroma
no era humano, ese aroma que aunque hubiese sido una fantasía era
demasiado real.
~
-¡Te he pedido perdón,
Mizuki!-Exclamaba el muchacho, que caminaba justo detrás de su mejor
amiga. Estaban en los pasillos de la universidad, llegaban justos de
tiempo pero aun así la pelirroja fruncía el ceño con molestia.
Ella se había arreglado aquella vez con unos pantalones cortos, una
camiseta rosa de manga corta y unas deportivas, a parte de llevar una
coleta alta y el flequillo recogido como era costumbre. Estaba
enfadada, notablemente enfadada, y Syo lo sabía perfectamente; por
eso no había parado de pedir perdón en todo el trayecto de los
jóvenes, teniendo como respuesta de la joven nada más que silencio.
Pero aquella vez, y estando justo en frente de la puerta, la muchacha
se giró bruscamente, haciendo que el chico de poca estatura parara
en seco.
-¡Está bien! Te perdono.- Dijo la
muchacha, con cierto tono infantil.- Pero la próxima vez que llegues
tarde, te prometo que te asesinaré cruelmente.- Y, después de eso,
se volvió a girar con un tono molesto, abriendo la puerta. Syo
quería replicarle y decirle que no era para tanto pero en aquellos
momentos se tragó su infinito orgullo y esbozó una mueca de
exasperación en su rostro, dejando salir un sonoro suspiro. Agachó
la cabeza y avanzó, lo justo para chocarse con su mejor amiga que se
había parado en seco.
-O-Oh... ¡L-Lo siento por llegar
tarde!- Exclamó la chica, inclinándose lo suficiente para que el
moreno pudiese ver.
“¿Ya ha llegado el profesor de
Literatura alemana? Si ese tío siempre llega tarde”, pensó Syo
con un tono despreocupado hasta que notó aquel aroma. Aquel dulzón
y atrayente aroma que le hicieron abrir los ojos con un gesto de
horror. E inmediatamente le vio a él allí. Apoyado en el
escritorio, delante de una multitud de gente en grupos que le miraba.
Porque ese no era el viejo con peluquín
que les impartía Literatura Alemana. La persona que estaba allí,
apoyada en la mesa y leyendo un libro era aquel chico de la otra
noche. El hombre de cabello blanco y ojos verdosos de The Only One.
Aquel extraño ser que, se suponía, era objeto de la imaginación de
Syo.
-No puede ser...- Susurró el chico,
dando un paso hacia atrás. El hombre miró a ambos chicos que
estaban en la puerta, con un gesto serio y agradable. Pero no era
sólo eso, si no que Syo pudo ver como éste, por unos instantes,
perdía la compostura para esbozar el mismo gesto que el muchacho de
ojos dorados.
El albino sonrió levemente, sacudiendo
la cabeza.
-Para nada. He sido yo el que ha
llegado pronto. Sentaros, antes de comenzar la clase quiero
presentarme.
Mizuki parecía extasiada. Pero todos
estaban extasiados con la belleza física y el aura del profesor. La
pelirroja asintió enérgicamente, agachando la cabeza y caminando
rápidamente hacia su sitio. Por su parte Syo avanzó intentando
parecer despreocupado, metiendo las manos en los bolsillos,
ajustándose su camisa roja y con un gesto de indiferencia. Pero
aunque intentara aparentar aquello, estaba demasiado nervioso. Todo
su ser latía con fuerza.
Al pasar por delante del profesor, éste
le paró poniendo una mano en su hombro, haciendo que Syo se
descompusiera totalmente, volviendo a su anterior mueca de terror. Si
todo lo que había pasado era realmente cierto, aquel hombre le había
besado, y después de eso no recordaba nada más. Quizás le había
drogado. Aunque lo más inquietante era que hubiese aparecido en su
cama como si nada. Syo le miró, tragando saliva, mientras éste
clavaba sus ojos verdes en los del moreno. Parecía que todo iba a
explotar en esos instantes.
-.... Tienes la mochila abierta.- Dijo
finalmente el profesor, haciendo que el menor le mirara con
incredulidad, arqueando una ceja pero aliviado.
-Oh, gracias...- Susurró sin más el
joven, avanzando rápidamente hacia su asiento y sentándose en éste,
justo a su lado estaba Mizuki, que le miró emocionada.
-Es muy guapo. Y muy atractivo. ¿Qué
te ha dicho? Dime, dime.- Comenzó a susurrar. Parecía una niña en
una juguetería. Syo se cruzó de hombros y la miró, intentando
parecer desinteresado y encogiéndose de hombros
-Yo que sé. No voy a opinar, soy un
hombre. Y sólo me ha dicho que tengo la mochila abierta.
Mizuki frunció el ceño y volvió a su
sitio, volviendo a mirar al profesor. Pero todas las chicas de su
clase estaban igual, todas cotilleaban y le observaban con deseo. Syo
se sentía terriblemente incómodo.
Y, por fin, el profesor avanzó un par
de pasos hacia la clase, con un tono amigable pero calmado y serio.
-Me presento. Soy Erik Diefenbach.
Vuestro profesor de Literatura Alemana está de baja temporal, así
que yo seré el sustituto. Para los curiosos sí, soy Alemán. Pero
como véis hablo perfectamente japonés, así que no tendremos ningún
problema. Antes de nada, quiero aclarar que no voy a ser un profesor
distante, así que podéis venir a preguntarme cualquier cosa. Estaré
encantado de aclarar cualquier duda, y conseguiré que Literatura
Alemana sea vuestra asignatura favorita.- Y, tras soltar su pequeño
discurso, sonrió levemente, haciendo que prácticamente todas las
chicas se sonrojaran y gritaran, haciendo que Syo quisiera que la
tierra le tragara. “Menudo pedante”, pensó.
~
“Erik Diefenbach... a saber si es su
nombre real si quiera”, pensaba Syo mientras escribía en una hoja
de cuaderno una redacción sobre Goethe, su autor alemán favorito.
El profesor les había mandado como tarea escribir su opinión sobre
un autor, algo que para el moreno era burdo y simple. Elevó su
mirada a dónde estaba Diefenbach. En ese momento el albino se
encontraba en la mesa del profesor, sentado y tecleando incesante en
su portátil negro.
“Es atractivo...”, pensó. Aquel
aroma del mayor le embriagaba como a cualquiera de sus compañeras.
Sacudió la cabeza, intentando alejar esos pensamientos de su cabeza.
No podía pensar en esas idioteces, él era un chico y el profesor
otro hombre, y para él era imposible. Además, sabiendo lo que había
pasado no se fiaba ni un pelo. Únicamente tenía un extraño
atractivo, nada más. Pero aun así, y aunque lo intentara negar con
todas sus fuerzas, aquel extraño le resultaba extrañamente
interesante; quería saber de él. Pero de todas formas sentía, por
alguna razón, que había algo mal con él. Algo que no sabía ni se
imaginaba.
El estridente sonido del timbre que
marcaba el final de la clase sonó. La siguiente hora era libre, así
que cómo era costumbre la pasaría con Mizuki en la cafetería. Syo
se levantó del sitio, dejando su mochila allí y cogiendo su
teléfono móvil de uno de los bolsillos. Con su redacción en mano,
avanzó hacia el profesor, notando como cada paso era como acercarse
al mismísimo infierno. Se puso delante del albino, mirándole con un
semblante orgulloso y fuerte, y le dio el papel con una mirada
desafiante.
-Hasta mañana.- Susurró el moreno,
agachando la cabeza, dispuesto a salir de clase y allí esperar a su
mejor amiga. Pero la mano del mayor posándose en su hombro lo paró,
haciendo que por la espalda de éste recorriera un escalofrío.
-Qué poco aseado es entregar una
redacción en una hoja de cuaderno...- Dijo el mayor con cierto tono
burlón.- Eres Syo Fujioka, ¿verdad? Quiero hablar contigo en ésta
hora.- Siguió diciendo, mientras Syo se giraba violentamente,
quitando la mano del profesor de su hombro, quedándose cara a cara
con él. El resto de los alumnos se quedaron mirando, incluyendo las
miradas celosas de las compañeras de clase del menor.- Es sobre tu
redacción, hay algunos puntos que quiero aclararte.
Y, como si fuese un soplo de
tranquilidad, el flujo de gente circulando siguió, hasta que la
clase se quedó vacía con únicamente los dos hombres allí. El
moreno de corta estatura y el alto albino, cara a cara. Syo tragó
saliva, sin saber si hablar primero o dejarle hablar. Pero el otro
tomó la iniciativa. Pasó de un semblante serio y frío a una leve
sonrisa casi burlona.
-Ya decía que me sonabas de algo.
¿Estabas ayer en The Only One? Estabas muy borracho y te fuiste a
casa poco después de que empezara el concierto. Es una pena, Wild
Century eran muy buenos y...
-Yo no bebo.- Respondió cortante, con
los puños cerrados, el menor. Le desafiaba con la mirada,
combatiendo el efecto que Erik tenía en él.-Di la verdad,
Diefenbach. ¿Qué me hiciste y qué pretendes?
El profesor se quedó callado,
inmutable, frío como el hielo bajando la mirada. Syo notaba que
había dado en el clavo, pero que no sabía cómo reaccionar a
aquello.
-No te hice nada, Fujioka.
-¡Lo hiciste! ¡Deja de negar lo
evidente! Quién te crees que eres, ¿una especie de Dios?- Bramó en
voz alta Syo. Estaba harto de que le negara lo evidente. Le estaba
intentando manipular, lo notaba. Y odiaba que le tomaran por imbécil,
que por su estatura o por su aspecto poco adulto pensaran que era
idiota. No iba a permitirlo.
Pero Erik estaba aún inmóvil. No
sabía cómo responder, ni cómo reaccionar al genio del menor. Y en
vez de negarlo de nuevo, sonrió burlonamente.
-Creo que me he quedado sin argumentos.
Yo...- Comenzó a decir el mayor... pero paró en seco. Abrió los
ojos con sorpresa, clavándolos en Syo, y extendió el brazo hacia un
lado. Syo le miró con incredulidad, extrañado, sin saber ni qué
hacía. Pero antes de que si quiera pudiese plantearse qué iba a
hacer, el brazo extendido de Erik se transformó en una gran garra de
color rojizo granate, rompiendo incluso su camisa blanca. Una garra
que parecía la de un demonio. El menor ni pudo preguntar qué
narices era eso, porque notó un movimiento de tierra. Una sacudida,
un terremoto, que hizo que Syo cayese al suelo. Y entonces, en un
rápido desplazamiento, el mayor avanzó hacia él con su garra en
posición de ataque.
Syo estaba asustado, aterrorizado por
el mayor. No se imaginaba que era si quiera aquel hombre, si era
humano, pero iba a por él e iba a matarlo. Syo tragó saliva sin si
quiera poder reaccionar por el shock.
Pero algo color negro se precipitó
hacia ellos desde el exterior, rompiendo uno de los grandes
ventanales. Erik se paró en frente de Syo y paró a la bestia con su
garra, creando una onda expansiva que hizo que retrocediera
ligeramente, mientras que los pupitres y las sillas comenzaron a
caer. Con ese movimiento, Syo entró en razón, gritando.
-¿¡Pero qué cojones es ésto!?-
Exclamó horrorizado. Pero se dio cuenta de lo que pasaba en sus
narices. Justo delante suyo, protegiéndole, estaba Erik frenando a
lo que parecía algo antropomórfico, color negro, con las orejas
picudas y cuernos de carnero. Parecía un demonio.
-Vete.- Dijo costosamente el profesor,
consiguiendo tomar ventaja sobre el demonio y lanzándolo con fuerza
a un lado, incrustándolo en una pared. Aún alerta, y en frente de
Syo, Erik se giró hacia él.
-Corre, Syo. Ahora.- Volvió a decir
fríamente, con un tono serio, autoritario. Syo obedeció,
levantándose precipitadamente y corriendo hacia la puerta.
Afortunadamente había parado el terremoto y podía correr
libremente, pero debido a los nervios no paraba de tropezarse. Y
entonces se paró en seco, respirando fuertemente. Algo estaba mal y
él lo sabía. No iba con su código de honor dejar aquello así,
huir sin más. Él no era un cobarde y nunca lo había sido. Jamás
se había dejado amedrentar por nadie, sabía cuidarse sólo y
cuidaba de Shinobu. Y ella le había enseñado a ser valiente. Se
giró durante un momento, viendo como el demonio y Erik luchaban
enzarzadamente, y cómo el primero estaba venciendo a su profesor.
Él le había protegido a pesar de cómo
le había juzgado. Si no hubiese sido por Erik, estaría muerto. Y
pensaba recompensárselo. Asintió con la cabeza, sonriendo
triunfalmente.
-Vamos allá.- Susurró, apretando los
puños y quitándose la camisa de cuadros, lanzándola a un lado. “Si
muero, moriré luchando”, pensó, sabiendo que poco tenía que
perder. Y alcanzando de su lado un candelabro dorado, de aquellos que
decoraban la lujosa Saint Paul, corrió hacia la bestia, que había
arrinconado contra el suelo al mayor.
Y con un gran grito de guerra,
aprovechando que el demonio estaba distraído, Syo consiguió clavar
uno de los puntiagudos extremos del objeto en el costado, haciendo
que éste exhalara un gran grito de dolor. Syo se quedó mirándolo
con incredulidad, sin siquiera saber ni cómo no lo había matado
antes de que le tocara, pero por otra parte Erik se deslizó,
escapando de las garras de la bestia y tomando al menor por la
cintura, hasta que de un gran salto se alejaron del dolorido monstruo
unos metros en la inmensa aula.
-¿¡Pero qué narices te pasa a ti,
enano!?-Le reprendió con furia el profesor, mirándolo directamente
ante la mirada aún atónita de Syo. Este frunció el ceño milésimas
de segundo después.
-¡¡Te he salvado!!- Le gritó de
vuelta.- Si no fuese por mi, estarías muerto, señor de la garra.-
Siguió desafiante. El profesor, atónito, miró su garra y la
escondió detrás de su cuerpo, para volver a su tono furioso.
-No me has salvado, Syo. Le has
enfadado aún más.- Contestó. Y entonces, ambos vieron desde su
posición, paralizados y atónitos, como la bestia se alzaba,
lentamente, como sus heridas se regeneraban y, finalmente, cómo
rugía de un modo que helaba la sangre.
-... Mierda.-Susurró el joven,
sintiéndose inútil, chasqueando la lengua.
-Sí, Fujioka. Mierda es la palabra.-
Exclamó desesperado Erik. Suspiró fuertemente, avanzando un
paso.-¿Quieres ayudarme?-Dijo, sin mirar al menor. Él se quedó
extasiado unos instantes, pero reaccionó poco después.
-Sí, claro. Quiero ayudar.- Respondió
Syo, decidido a hacerlo fuese como fuese.
-Entonces déjame besarte.
Syo entonces abrió los ojos. Mucho.
Muchísimo. No se creía que le hubiese dicho eso, pero antes de que
pudiese si quiera reaccionar, como ya había hecho antes, Erik se
giró, tomando su cabeza con la mano aún humana, juntando sus labios
con los del moreno con fiereza. Syo se ruborizó, sorprendido, pero
volvió a notar como sus fuerzas flaqueaban, cómo todo su cuerpo
dejaba de funcionar por momentos. Y, a la vez, pudo ver claramente
como los ojos de Erik cambiaban de ese color verde esmeralda a un
rojo fuego.
El mayor dejó gentilmente al moreno en
el suelo, en un lado.
-Ésta vez te recuperarás más
rápido.- Susurró ante el cuerpo desfallecido de su compañero. Se
giró hacia el monstruo, que le miraba desafiante. Era terrorífico,
pero Erik no se dejaba amedrentar. Sabía que era más fuerte.
-Y ahora, ven a por mi. Bichito.-
Susurró con una sonrisa burlona.